Casa de la esperanza

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Lola es una mujer africana que parece estar de vuelta de todo. Tiene tres hijas y vivía con su marido en Andalucía, de aquí para allá, porque trabajaban como temporeros en todo lo que salía (uva, aceituna, fresa, etc). No tenían nada seguro, pero estaban bien porque estaban juntos. Un día, la policía identifica a su marido y, al no poder acreditar su situación administrativa, lo detienen y después lo deportan. La dejan sola con los tres pequeños. El mundo parece venirse encima. No sabe qué hacer. Tiene la amarga sensación de no importarle a nadie. Al final decide irse a Fuenlabrada porque allí tiene una antigua amiga de su tierra. La amiga la recibe y acoge temporalmente porque es insostenible la situación. Los servicios sociales nos piden que la aceptemos en uno de nuestros pisos.

Diana nació en un país del este de Europa. Su vida tampoco ha sido fácil. A los dieciséis años es vendida a una familia zíngara, que la casa con uno de sus hijos. Vienen a España y la situación se complica más aún. Aparece un vecino al que le gusta. Intenta comprarla pero, ante la negativa, declara despechado que se ha acostado con ella. ¡La tragedia está servida! Su marido termina en la cárcel y su hijo en una institución pública. Ella permanece con los suegros, pero no es el mejor ambiente, porque residen en una zona marginal donde la droga y el delito fluyen con naturalidad. La única posibilidad de recuperar a su hijo es salir de ese ambiente, por eso viene hasta nosotros.

Dos mujeres como tantas otras que acuden a la Casa de San Antonio. Dos mujeres que preferirían olvidar todo su pasado, que no hubiera existido, que hubiera sido diferente. Dos mujeres que han comenzado una vida nueva juntas, apoyadas por las voluntarias de la Casa de San Antonio que están a su lado permanentemente. Pendientes de ellas y de sus hijos, para que puedan recuperar esa normalidad que tanto necesitan.

El pasado sábado la casa se llena de gente y ellas se ponen en guardia. No entienden lo que pasa. María Luisa y Milagros (las voluntarias que las atienden) les han explicado que viene el obispo a bendecir la casa y que eso es muy importante para nosotros, los que las acogemos. Pero ellas mantienen una distancia de desconfianza y no terminan de fiarse, no en vano Lola pertenece a la Iglesia Evangélica y Diana es testigo de Jehová, y esto de la visita del obispo les sugiere que alguien quiere convencerlas de algo. Por si esto fuera poco, la casa se ha llenado con otras personas que apenas conocen. Les cuentan que unos son patronos de la Fundación Hay Esperanza, y otros voluntarios de la Casa de San Antonio, pero ellas desconfían. Al fin y al cabo es lo que la vida les ha enseñado, sobre todo durante los últimos años.

Los niños también están alterados y no cesan de preguntar: «¿Quiénes sois vosotros?». No están habituados a ver tanta gente en casa. Pero pronto se adaptan a la situación haciendo lo que mejor saben hacer: jugar. Poco a poco, se va intensificando el diálogo y ellas van relajando su postura. Las voluntarias juegan un papel fundamental para hacerlas comprender que las dos son importantes para todas las personas que han venido. Siguen con atención la ceremonia y saludan al obispo, que se interesa por ellas con un afecto al que no están habituadas. Después se comparte un refresco y llegan las fotografías. Cientos de fotografías, porque todo el mundo quiere llevarse un recuerdo vivo de aquel momento.

Al final, los invitados comienzan a marcharse y solo se quedan las voluntarias. Cuando me despido de ellas (yo soy el último invitado en salir), están relajadas y muestran una mirada agradecida. Todo lo que han vivido ha calado hondo en ellas. Diana lo resume de la mejor forma posible. Me dice con una leve sonrisa impregnada de timidez: «No os vayáis». Como dice el texto de la Escuela de Comunidad, «en todas las experiencias importantes de la vida, el hombre se ve en graves dificultades si está solo».