Sostenimiento alimentario

Esta actividad surgió como consecuencia de la crisis económica que estamos padeciendo.

Está castigando especialmente a poblaciones como Fuenlabrada, donde el índice de desempleo esta en las cotas más altas de nuestra región, y que ha provocado que se multipliquen por cinco las demandas de ayuda que recibimos desde familias que han perdido el empleo y no tienen posibilidad de conseguir recursos.

Ante estas dramáticas circunstancias, una asociación con vocación de compromiso con el más débil, no podía permanecer impasible. Así fue como surge la necesidad de montar este servicio, para intentar paliar la situación de aquellas familias en situación de extrema necesidad que Caritas nos indica, o que son directamente identificadas por nuestro equipo de voluntarios.

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Apoya nuestro programa de sostenimiento alimentario a familias en dificultad.


¡Riki, amigo!

Riki es un hombre derrotado, un descartado de nuestra sociedad, como suele decir el papa Francisco. Su mirada ofrece un cierto rictus de resignación. A sus cincuenta y cinco años, no espera nada de la vida. Es como un condenado que concreta su sueño tan sólo en ir consiguiendo prórroga tras prórroga, sin buscar en ningún momento un horizonte por el que luchar.

Riki lleva diecinueve años en España. Tiene permiso de residencia y de trabajo, pero sus posibilidades de inserción son mínimas, tanto por su edad (nadie quiere un cincuentón), como por sus dificultades físicas para poder desempeñar adecuadamente su oficio de albañil. Hace unos años tuvo una lesión en un hombro, no se le ha curado bien y eso le incapacita para poder coger pesos de cierta consideración.

Riki se mal-gana la vida trapicheando con objetos (metálicos, ropa o cualquier otro) que recoge en los cubos de basura y vertederos, para después venderlos en el Rastro. Todas sus capturas las almacena en una chabola que le sirve también como refugio, y los días de mercado hace una pequeña selección de su oferta y se marcha a intentar venderlos.

Así consigue lo imprescindible para sobrevivir y los cien euros que religiosamente envía a su mujer. Su familia reside en Marruecos (esposa y tres hijos), en su pueblo natal, una pequeña aldea al sur de Casablanca.

El matrimonio ha tenido siete vástagos, pero dos han fallecido y otros dos se han casado e independizado. Los cien euros que envía son la base del sustento familiar, aderezados con algunas monedas más que su mujer consigue haciendo pequeños trabajos de limpieza o costura.

Su trabajadora social quiere ayudarle y solicita una renta mínima para él, pero vivir en una chabola le inhabilita para esta percepción, de modo que nos pide que le acojamos en una de nuestras casas, para así, ofreciendo una residencia permanente, poder solucionar el problema.

Riki viene y se va adaptando poco a poco al grupo, que le acoge sin ninguna reserva. Comienza a acudir a los encuentros de la casa, los lunes por la tarde y, poco a poco, reunión tras reunión, va desgranando algunos de los datos como si de las cuentas de una masbaha se tratara.

La pregunta es recurrente: ¿Por qué no regresas con tu familia? Riki mueve negativamente la cabeza antes de responder. Luego alza la vista y te mira con sus ojos negros, brillantes y fatigados, antes de responder “Sin dinero no puedo volver”. Es una cuestión de honor familiar, el que ha salido a la emigración solo puede volver rico, o muerto. “¡Que vas aser!” afirma mientras se encoge de hombros, como un modo de apostillar su respuesta.

Riki no prueba la carne cuando cena con nosotros. Es portador de esa desconfianza ancestral que los musulmanes mantienen con respecto al cristianismo. No importa que no vaya a rezar a la mezquita, fume habitualmente o se pueda tomar una cerveza de vez en cuando, cuando se trata de carne, debe ser sacrificada como establecen las normas islámicas. Sin embargo, exhibe una curiosa costumbre arraigada en él desde su infancia. Cuando comienza la comida, golpea repetidamente el plato con la cuchara, provocando un ruido molesto que sorprende a todos los presentes.

“¿Qué haces?” –se le reclama por alguno de los compañeros. Él responde sonriente- “Es para que los vecinos se enteren que hoy tenemos comida en el plato” –y termina provocando las carcajadas de todos los comensales. Luego añade algún recuerdo de su infancia en el que afirma que todos los días no había algo consistente que comer.

Hace unos días, con motivo de tener que adecuar el local de nuestra asociación, le proponemos a Riki que nos eche una mano. Hay que tapar unos agujeros en una pared y la tarea exige enlucirla con yeso. Él acepta sin dudarlo.

Riki coge la “llana” y comienza la tarea exhibiendo una destreza más que considerable. Su rostro se va iluminando a medida que avanza el trabajo. Se nota que está en lo suyo. A pesar de que han transcurrido varios años desde que tuvo el último trabajo, es evidente que el oficio no se le ha olvidado.

Unos minutos después se baja del improvisado andamio que han construido con tres palés, y da unos sorbos a un café con leche que le han traído. Sonríe como un niño al que le acaban de dar un juguete nuevo y vuelve a subirse a la estructura de madera para continuar la tarea con decisión.

Su rostro es diferente, ¡ha florecido! ¡Está feliz! ¿Cómo puede ser que algo tan simple como trabajar, pueda llenar la vida de un hombre? Viéndolo, me viene a la memoria un encentro con François Michelìn en el Meeting de Rímini. Una joven le pregunta si se puede ser feliz trabajando. El viejo empresario responde de inmediato, como accionado por un resorte (algo realmente extraño en él).

- “Eso se lo tendríamos que preguntar al que no tiene trabajo”.